Dejar de fumar lo puede matar

Dejar de fumar lo puede matar
por Andrés McAlister

Dejé de fumar hace unos veinticuatro años. Acababa de nacer Felipe, mi hijo menor. Yo fumaba unas tres cajillas al día. No había ni un minuto del día en el que no estuviera fumando, a punto de encender un cigarrillo o acabara de apagar uno.

Asociaba los cigarrillos con todo: sentirme feliz o triste, estar con amigos o solo, caminar, relajarme, beber socialmente, tomar café o Coca Cola y un sinnúmero de otras cosas. Fumaba antes y después del almuerzo; casi cualquier momento era una buena excusa para fumar. El estrés en el trabajo también era un gran desencadenante.

Probé muchos programas y sistemas para dejar este hábito tan poco saludable. Un programa de la asociación American Lung Association en Washington, D.C., funcionó durante seis meses, pero en cierto momento el nivel de estrés fue demasiado y empecé a fumar pequeños habanos en los descansos largos durante mis estudios en la Universidad de Maryland. Poco a poco el número de cigarrillos pasó de cero a más de treinta por día.

Fumaba mucho más que antes, como si tuviera que compensar todos esos meses de no fumar. Durante una sesión de capacitación en el trabajo, me hice compinche de uno de los facilitadores, con quien a menudo salíamos a fumar durante los descansos y charlábamos sobre el tema. Yo había llegado al punto en que cuando me empezaba a reír no podía dejar de toser, y a mí me encanta reír. El vicio también me dominaba hasta tal punto que salía a comprar cigarrillos cuando me quedaban menos de diez en la cajilla.

Dejé de fumar dentro de casa cuando nació Andrés, mi hijo mayor. Para mí su salud era muy importante, así que fumaba afuera en un patio pequeño. Cuando llovía fumaba bajo una gran sombrilla que cubría la mesa. Cada vez que había una tormenta eléctrica me imaginaba mi obituario en la sección necrológica del diario: “Murió mientras fumaba.” La gente preguntaría: “¿Cáncer de pulmón?” y la respuesta sería: “No, estaba fumando en el patio durante una tormenta eléctrica y lo partió un rayo. Murió en el acto.” Ja, ja.

Una vez vi a mi colega caminando por la calle y él me dijo con entusiasmo: “Dejé de fumar”. Luego pasó a explicar que había encontrado a un hombre mayor que utilizaba la hipnosis para ayudar a la gente a dejar de fumar. Era un oficial de marina retirado, psicólogo, que también utilizaba la hipnosis para ayudar a oficiales y marineros a superar el trastorno de estrés postraumático. Mi colega dijo con entusiasmo: “Funciona, es muy fácil y me quitó las ganas de fumar.” También agregó que sólo le tomó cuatro sesiones.

Fui a ver al hipnoterapeuta sin dudarlo. En ese momento estaba desesperado por dejar, ya estaba cansado del hábito que me había acompañado por más de veinte años. El hipnoterapeuta era un hombre mayor que estaba sentado en una silla de respaldo alto. Llevaba tantas horas sentado allí que su cuerpo había adoptado esa forma. Lo curioso era que fumaba pipa mientras hablaba, como un viejo lobo de mar. Nos tomó dos sesiones y nunca más sentí necesidad de fumar. Muy diferente a los métodos que había probado antes.

Empecé a buscar fumadores para ver si sentía alguna necesidad y nada. Ni siquiera me molestaba que otra gente fumara. En dos sesiones más, el hipnoterapeuta me mostró cómo hipnotizarme a mí mismo.

!Hoy, más de veinte años después, sigo sin haber fumado ni un solo cigarrillo ni sentido la necesidad de fumar, ¡ni una sola vez!

Pensé que si esto había funcionado para dejar uno de los vicios más difíciles también lo podría utilizar para otras cosas, como trabajar en mejorar mi relación de pareja. Mi esposa y yo decidimos probar con terapia. Fuimos una vez y creo que éramos una pareja tan difícil que, por primera vez, el veterano capitán saltó de su silla y muy molesto nos dijo: “Pero, ¿usted no entiende que el problema de él es el siguiente, y que...?” Creo que fue demasiado para el veterano capitán. Falleció de un ataque cardíaco el fin de semana siguiente. Por supuesto que digo esto medio en broma, pero el punto es que en una sesión él identificó problemas que a nosotros nos había tomado meses, si no toda una vida encontrar. Gran persona. Le estoy muy agradecido por haberme ayudado; probablemente haya sido una de las dos grandes inspiraciones que me llevaron a aprender hipnosis y programación neurolingüística. Las uso, junto con el Método Sedona, para ayudar a mis clientes como life coach.

También le agradezco a la madre de mis dos hijos por nuestros dos legados, Andrés y Felipe.